¿Cómo nos afecta el sonido?

¿Qué efectos tiene sobre nosotros el sonido?

En la siguiente charla, Julian Treasure nos cuenta los efectos que el sonido tiene sobre nosotros a nivel tanto fisiológico, como psicológico, cognitivo y de comportamiento. Merece la pena dedicarle 5 minutos. Ah, la charla está en inglés, pero se pueden activar los subtítulos si es necesario, así que no hay excusas 😉

Canciones pegadizas

¿A quién no le ha pasado? Un día, de repente, se te mete en la cabeza una canción, una melodía, y no hay manera de que salga de ahí, da igual si te gusta o no. ¿Qué hace que una canción produzca este efecto? ¿Por qué unas lo consiguen, y otras no?

Aprovechando que estamos en una época del año especialmente delicada en este sentido, vamos a intentar entender algo mejor este efecto.

Las canciones pegadizas, también conocidas como “Earworms” (traducción literal del alemán “ohrwurms“), afectan en algún momento de la vida al 98% de la población. Por cierto, que nadie me pregunte qué tienen que ver los gusanos (worms) con todo esto. La culpa se la echáis a los alemanes, que fueron los que inventaron la palabra…

En general se sabe bastante poco sobre las razones que hacen que una canción se nos quede pegada y se repita una y otra vez en nuestra cabeza. Una metáfora que nos puede servir para entenderlo es imaginar que lo que sucede es que hay canciones, o trozos de canciones, capaces de excitar nuestro cerebro de forma anómala, como si un trozo en concreto hiciese que nos “pique” el cerebro, y repetirlo una y otra vez hasta la saciedad es la forma que tenemos de “rascarnos”.

En general, las canciones más susceptibles de resultar pegadizas, se caracterizan por ser muy repetitivas, tremendamente simples, y con frecuentes cambios bruscos de ritmo. Vamos, lo que viene a ser casi cualquier canción pop. Otros datos más curiosos indican que las mujeres son más propensas a sufrir estas canciones pegadizas que los hombres, y que lo mismo sucede con músicos y no músicos.

En otro estudio se da lo que podría ser el retrato robot de una canción pegadiza:

  • Canciones repetitivas con muchos la-la-las o similar.
  • Normalmente la parte que funciona es el estribillo de la canción
  • Canciones simples con letras alegres
  • Es más fácil que ocurra cuando la persona está contenta y realizando alguna actividad no intelectual, como caminar.

En cualquier caso no existe una regla de oro para crear canciones pegadizas. Se intentó hacer un ranking de las canciones más pegadizas, y el resultado obtenido fue que la número uno siempre pertenecía a la categoría de “otras”. El que una canción resulte pegadiza o no depende por tanto fundamentalmente del individuo que la escuche.

¿Y cómo podemos sacarnos de la cabeza esa canción que nos atormenta? Pues malamente. Todos hemos experimentado que cuanto más intentas quitarte la canción de la cabeza, peor (esto no es más que una secuencia de lo contraproducente que puede ser la supresión en según qué casos).

A veces, la canción está en nuestra cabeza porque no somos capaces de recordar con exactitud la letra o el final de la canción. En estos casos escuchar la canción original puede ayudar a que se nos vaya de la cabeza. Otras técnicas como la de reemplazar la canción por otra, tampoco parecen funcionar.

Todo esto también tiene su lado positivo: artistas como Neil Young han declarado que se dedicaron a la música porque no podían quitarse canciones de la cabeza, y necesitaban darles salida de algún modo.

Si quieres saber más:

(Imagen: fauquier)

¿Cómo escuchamos? Organización secuencial vs. simultánea

Cuando escuchamos música (y en general cualquier sonido), tendemos a agrupar los sonidos siguiendo una serie de reglas de modo que nos sea más sencillo analizarlos e identificarlos. Podemos imaginar esto como que etiquetamos cada sonido que nos llega, y, en función de esas etiquetas, los agrupamos en objetos o “paquetes” de sonidos.

Así, por ejemplo, cuando escuchamos música clásica, no escuchamos 20 violines por separado, sino que agrupamos todos estos sonidos en un solo objeto que son “los violines”. Este proceso, además, puede ser controlado de forma consciente. De este modo, si uno de los violinistas es, por ejemplo, nuestro hijo, no mezclaremos el sonido de su violín con el resto, sino que lo mantendremos “aparte”, prestándole una especial atención.

A la hora de hablar de la organización de los sonidos se suele distinguir entre organización secuencial y organización simultánea. La primera sucede cuando agrupamos dos sonidos en el mismo paquete por venir seguidos, uno a continuación del otro. El segundo tipo de organización se refiere a cuando agrupamos dos sonidos simultáneos pero cuyas frecuencias los hacen sonar bien juntos.

Para entenderlo mejor, imaginemos que generamos un sonido como el que se muestra en la figura. Se trata de tres tonos (tres notas), A, B y C. La primera suena separada del resto, mientras que B y C suenan exactamente al mismo tiempo. Si jugamos un poco con la distancia entre B y C, así como con la distancia entre B-C y A, podemos intentar forzar a que, al escuchar, prime un tipo de organización sobre la otra.

Para verlo mejor vamos a probar con un par de casos extremos. En primer lugar supongamos que hacemos sonar los sonidos de forma que B sea una nota claramente distinta a A. Lo que haremos erá oír el par B-C como un acorde, que suena alternando con la nota A, tal y como se puede escuchar aquí:

[audio http://enriquealexandre.es/wp-content/uploads/2010/04/Continuidad1.mp3]

Lo que ha sucedido es que hemos forzado una organización simultánea, ya que lo que estamos haciendo es agrupar los dos sonidos B y C como si fueran uno solo. En la figura de la derecha se intenta representar de forma gráfica: uno de los objetos sonoros sería el marcado en verde (la nota A), y el otro, lo constituyen las notas B y C juntas, marcado en rojo.

Ahora vamos a mover la nota B, y hacer que sea muy parecida a la nota A. Tan sólo con este cambio conseguimos que lo que se oiga sea una nota A que se mantiene constante todo el tiempo, mientras que de vez en cuando aparece una nota (la C) por encima, que ya no suena integrada con la B:

[audio http://enriquealexandre.es/wp-content/uploads/2010/04/Continuidad2.mp3]

En este caso lo que hemos hecho es enfatizar la organización secuencial, de modo que las notas A y B se integran, mientras que la C no se llega a fundir con ellas. Los objetos sonoros en este caso han cambiado, pasando a ser como se muestra en la figura de la derecha.

En términos musicales estos dos efectos se suelen denominar organización horizontal y vertical respectivamente. La organización horizontal es la responsable de que una secuencia de notas se perciba como una melodía, mientras que la organización vertical hace que podamos interpretar notas tocadas a la vez como un acorde.

El efecto Cocktail-Party

El efecto “cocktail-party” es un fenómeno al que estamos sometidos prácticamente a diario. Se puede definir como la capacidad que tenemos de fijarnos en una sola voz en medio de muchas más (de ahí el nombre). A todos nos ocurre que, cuando estamos hablando con otra persona, somos capaces de concentrarnos en esa conversación y abstraernos de todo el ruido que nos rodea, incluyendo otras personas hablando cerca nuestro.

El experimento original en el que se estudió este efecto por primera vez data de 1953, y consistía en presentar, a una serie de sujetos, un archivo de audio en el que se escuchan a la vez dos mensajes distintos dichos por la misma persona. A los participantes se les pide que se concentren en uno de los dos mensajes, y lo escriban. Posteriormente, se repite el experimento esta vez poniendo uno de los mensajes en el canal izquierdo y el otro en el derecho.

El resultado es bastante predecible. En el primer caso se observó que los participantes tenían bastantes problemas para centrarse sólo en uno de los mensajes, tendían a cerrar los ojos y les requería una gran concentración. En el segundo, por el contrario, la tarea resultaba mucho más sencilla de llevar a cabo, y podían fijarse en cualquiera de los dos mensajes con relativa facilidad.

Para ilustrar este efecto aquí hay un par de ficheros de ejemplo. Conviene escucharlos con cascos para apreciar mejor el efecto.

[audio http://interface.cipic.ucdavis.edu/sound/demos/monaural.wav] [audio http://interface.cipic.ucdavis.edu/sound/demos/binaural.wav]

(Fuente: UCD Department of Music)

Hasta aquí no se trata más que de las ventajas que tiene tener dos oídos, que nos permiten localizar en el espacio el sonido. Cuando el fichero es mono, es como si los dos mensajes proviniesen de la misma posición, mientras que en el caso binaural, se sitúa cada mensaje en una posición del espacio distinta (uno a la izquierda y el otro a la derecha en nuestro ejemplo).

Lo verdaderamente interesante es hasta qué punto llegamos a concentrarnos en el mensaje que deseamos escuchar y a abstraernos del resto de información existente. Así, durante el experimento se pudo observar que los participantes:

  • No eran capaces de identificar ni una sola frase del mensaje al que no prestaban atención
  • No estaban ni siquiera seguros de que el idioma fuese inglés
  • No se daban cuenta si el idioma cambiaba a alemán
  • Muchos no se daban cuenta de que el mensaje al que no prestaban atención se estaba reproduciendo al revés
  • La mayoría sí que se daban cuenta si el locutor del mensaje al que no prestaban atención cambiaba de hombre a mujer

Esta atención selectiva me recuerda mucho a un par de videos que se pueden ver en youtube.

En el primero se ve a dos equipos que se dedican a pasarse una pelota entre sí. El objetivo es contar cuántos pases realiza el equipo blanco. La solución, al final de video.

El segundo consiste sencillamente en ver el siguiente truco de magia:

(Vía Psyblog)

¡Cállate que no te oigo!

Un estudio de la Universidad del Sur de California demuestra que las películas mudas generan patrones de sonido en nuestro cerebro. Cuando vemos una película sin sonido, nuestro cerebro intenta rellenar la banda sonora que falta, basándose en las imágenes que aparecen en la pantalla, que son responsables de generar los recuerdos necesarios.

El experimento se realizó haciendo una resonancia magnética a los voluntarios mientras se les proyectaba una película sin sonido. Los trozos de video incluían escenas que implicaban claramente un sonido: un ladrido de un perro, un instrumento musical, monedas cayendo al suelo, etc. Eso sí, todos en silencio.

Los resultados de los escáneres mostraron que el cortex auditivo permanecía activo. Es decir, los estímulos visuales por sí solos eran capaces de activar las partes del cerebro que procesan los sonidos. Lo más curioso de los resultados es que se observó que la actividad cerebral variaba según el tipo de sonido (un animal, un instrumento musical o un objeto).

¿Cómo podemos distinguir la diferencia entre un sonido real y uno que está siendo generado por nuestro cerebro? Los sonidos que se generan en el cerebro no son tan “claros” como los sonidos reales, lo que hace que seamos capaces de distinguirlos. Este trabajo podría, al parecer, arrojar algo de luz sobre el tema de las alucinaciones, ya sean visuales o auditivas, en las que la gente piensa que están escuchando sonidos reales cuando en realidad están siendo generados por el cerebro.

(Vía guardian.co.uk)

La música que nos emociona

¿Por qué es capaz de hacernos llorar una canción? Esta pregunta se la hizo John Sloboda, de la Universidad de Keele, quien hizo que 83 personas escucharan pasajes musicales y respondieran a una serie de preguntas sobre sus emociones.

La conclusión que obtuvo fue que las respuestas emocionales causadas por la música se deben a los juegos establecidos entre confirmaciones y violaciones de las expectativas de quien escucha la música. Así, se observó que cuando esperamos que la melodía vuelva a la tónica, se producían respuestas emocionales tanto cuando esta llegada se retrasaba como cuando llegaba finalmente.

Es decir, cuando una canción nos hace llorar, lo que parece que ocurre es que nuestro sistema nervioso ha sido estimulado al excitar, frustrar y satisfacer continuamente nuestras expectativas.

Otro tipo de teorías explican estas reacciones en base a la evolución de la música, al parecer a partir de todos los reclamos emocionales, como gemidos, llantos, gritos, lamentos, risas, etc. Así, según esta teoría la música provoca fuertes emociones porque en última instancia su esqueleto está ligado a este tipo de reclamos.

(Vía Genciencia)
(Foto: pro.corbis.com)

Una ilusión auditiva

El otro día publiqué en mi blog personal una entrada sobre una ilusión óptica que me llamó especialmente la atención. Pues bien, al igual que existen las ilusiones ópticas, también existen las ilusiones auditivas, aunque suelen ser menos conocidas.

Un ejemplo de este tipo de ilusiones es la conocida como la ilusión de las octavas, descubierta por Diana Deutsch en 1973 y que a mí me dejó con la boca abierta la primera vez que la escuché.

A continuación tenemos un archivo de sonido en el que se pueden oír dos notas tocadas por un piano de forma alternada: una grave y otra más aguda. Escucha el sonido utilizando unos cascos, ya que de otra manera no se puede percibir el efecto:

[audio http://enriquealexandre.es/wp-content/uploads/2009/12/Octave_Illusion.mp3]

¿En que oído escuchas cada nota?

Muy bien, ahora dale la vuelta a los cascos (sí, pon el que tenías en la oreja izquierda a la derecha y viceversa), y vuelve a escucharlo.

¿Y ahora? ¿En que oído escuchas cada nota?

Curiosamente, al cambiar la posición de los cascos la mayor parte de la gente no nota diferencia alguna, y sigue escuchando los sonidos exactamente igual que antes, sin que cambie el oído en el que escucha cada uno de ellos. De hecho, al parecer los diestros tienden a escuchar la nota más aguda a la derecha, y los zurdos al revés.

Sin embargo, en realidad, el archivo que estamos escuchando contiene las dos notas en los dos oídos, aunque alternadas, es decir, cuando suena la nota grave en el canal izquierdo, suena la aguda en el derecho, y viceversa, tal y como se puede ver en la figura:

EfectoOctava(Si no te lo crees puedes comprobarlo escuchando el sonido de uno sólo de los canales, apartando el otro auricular de la oreja. Escucharás perfectamente las dos notas, sonando de forma alternada.)

La justificación de este fenómeno ha generado mucha controversia entre los investigadores, que a lo largo del tiempo han ido proponiendo distintas teorías para justificarlo. La explicación más extendida, y quizás la más fácil de entender, se basa en suponer que el cerebro utiliza mecanismos independientes para detectar qué nota estamos escuchando y de dónde viene (algo que se conoce como modelo de doble canal). A la hora de determinar qué nota estamos escuchando, el cerebro se fija sólo en el sonido existente en uno de los dos oídos, que llamaremos dominante, mientras que el otro es ignorado. En cambio, para determinar de dónde viene el sonido no existe tal dominio, sino que se tiene en cuenta el oído al que le llegue la señal con un tono más alto.

Para entenderlo mejor imaginemos que nuestro oído dominante es el derecho. Cuando tenemos la nota aguda en el canal derecho y la grave en el izquierdo, oiremos una nota aguda, ya que es la que tenemos en nuestro oído dominante, y además la localizaremos en el oído derecho, ya es ahí donde está la nota más aguda. Por el contrario, cuando suene la nota grave en el oído derecho y la aguda en el izquierdo, oiremos una nota grave, ya que es lo que está sonando en nuestro oído dominante (el derecho), pero la localizaremos en el oído izquierdo, ya que es en éste en el que está sonando la nota aguda.

El efecto Lombard

Vayamos al año 1909. En esa época muchos médicos utilizaban un aparato recién patentado por Robert Bárány (1876-1936) que introducía un ruido de nivel alto en uno de los oídos del paciente para poder examinar el otro simulando condiciones monoaurales. Uno de los usuarios de este dispositivo era el otorrinolaringólogo Etienne Lombard (1869-1920), quien se dio cuenta de un curioso efecto, que además no parecía producirse de modo consciente: cuando el ruido comenzaba, el paciente tendía a elevar el nivel de su voz, el cual volvía a la normalidad justo al cesar el ruido. Este efecto, que hoy conocemos como efecto Lombard, ha tenido una gran importancia en varias áreas de investigación distintas:

  1. Permitió diseñar test para determinar las pérdidas auditivas de un paciente, y en concreto si éstas están siendo simuladas.
  2. Produjo importantes avances en el estudio de la comunicación vocal en presencia de ruido.
  3. Influyó en el estudio de las relaciones dinámicas existentes entre la audición y la producción de voz.
  4. Motivó el modelado de la producción de voz como un servomecanismo.

En este post me voy a centrar en el primer punto, y dejaré los restantes para futuras entradas.

En sus experimentos, Lombard observó que si se tomaba un sujeto con una audición normal y se le introducía ruido en uno de los dos oídos, el paciente tendía a subir ligeramente la voz, mientras que si el ruido se introducía en los dos oídos a la vez subía mucho más la voz, llegando incluso a gritar. Si el paciente tenía pérdidas unilaterales (en uno de los dos oídos), y el ruido se le presentaba en el oído enfermo, el paciente apenas subía la voz, mientras que si el ruido estaba en el oído sano, el paciente comenzaba a gritar, igual que hacía el paciente sano frente a ruido binaural.

Efecto Lombard

A partir de estas observaciones se puede establecer el siguiente test:

  • Se introduce ruido en uno de los oídos del paciente y se le pide que hable o lea algo.
  • Si no se observa el efecto Lombard (es decir, el paciente habla en un tono normal), entonces el paciente no tiene pérdidas en el otro oído.
  • Si el paciente habla gritando, esto es, se observa el efecto Lombard, entonces podemos concluir que tiene pérdidas auditivas totales o severas en el otro oído.

Este test nos permite saber, por tanto, cuándo una persona está fingiendo, por la razón que sea, tener pérdidas auditivas en uno de sus oídos. Si las supuestas pérdidas son bilaterales basta con presentarle ruido en los dos oídos, y el procedimiento es igual de sencillo.

A lo largo de los años se han realizado muchos experimentos para verificar la robustez de los tests basados en el efecto Lombard. Se pudo observar que algunos sujetos, con una buena dosis de entrenamiento, son capaces de aprender a fingir el efecto. No obstante, en paralelo con todos estos estudios también se comprobó que estos engaños no suelen funcionar si tenemos en cuenta que el efecto Lombard no sólo afecta al nivel de la voz, sino también a su frecuencia fundamental o a la duración de la articulación de los sonidos. Se observó, por ejemplo, que cuando se intenta fingir el efecto se tiende a subestimar el cambio de intensidad en el nivel de voz, y a exagerar el cambio de la frecuencia fundamental.

Otra curiosidad de este efecto es su influencia en la música coral. Los cantantes de coros escuchan menos de lo normal su propia voz debido al sonido del resto de los cantantes que les rodean. Esto hace que la gente en los coros tienda a cantar a un nivel más elevado del adecuado, siendo tarea del director el controlarles.

Por cierto, Lombard mantuvo una disputa con Bárány por la autoría de este descubrimiento. Finalmente se demostró que Lombard tenía razón. Bárány terminó obteniendo el premio Nobel de Medicina por sus trabajos sobre el aparato vestibular del oído.

El test de Lombard no es el único que existe hoy en día para verificar si una persona está fingiendo tener más o menos pérdidas auditivas de las que realmente tiene. Existen muchos otros como el test de Azzi, el de Stenger, etc., pero eso mejor lo dejamos para otro día.

No me gusta mi voz

Hay una pregunta que seguramente todos nos hemos hecho alguna vez: ¿Por qué me suena tan rara mi propia voz cuando la oigo en una grabación?

En primer lugar tenemos que pensar que cuando oímos nuestra propia voz, el sonido que nos llega al oído interno consta de dos componentes principales: el sonido que ha viajado por el aire directamente desde nuestra boca al oído, y el sonido que viaja por el interior de nuestra cabeza, en forma de vibraciones que se transmiten a través de los huesos. Si eliminamos cualquiera de las dos componentes el resultado será que obtendremos una voz ligeramente distinta a la “normal”, como si la hubiésemos ecualizado.

Al grabar nuestra voz estamos eliminando completamente la contribución de la última vía de transmisión, la ósea, con la consiguiente distorsión al sonido total. Observar este efecto es muy sencillo: basta con taparse los oídos y hablar. Veremos cómo seguimos oyéndonos, pero con un sonido mucho más grave. Pues ese es precisamente el sonido que le estaríamos eliminando a nuestra voz cuando la grabamos. Por eso en la mayoría de los casos nos parece que cuando escuchamos nuestra voz grabada tenemos “voz de pito”: le faltan todos esos sonidos graves que nos proporciona la transmisión ósea.

En segundo lugar existe también una componente asociada a la diferencia entre la audición biaural y la grabación con un micrófono. Cuando se graba la voz con un solo micrófono, se pierde mucha información relativa al entorno acústico (el “qué” y el “dónde”). De hecho se ha podido demostrar que si grabamos nuestra voz utilizando para ello un par de micrófonos colocados en las orejas de un maniquí, el resultado resulta mucho más convincente. Además, cuando grabamos nuestra voz, normalmente el micrófono está situado frente a la boca, no en la posición de nuestras orejas, y debemos tener en cuenta que la directividad de la boca de una persona hablando, sobre todo a altas frecuencias, es lo suficientemente marcada como para que se produzcan diferencias muy significativas entre ambas posiciones. Y todo esto sin entrar a valorar la calidad del equipo con el que estemos grabando, que casi nunca podemos considerar “neutral”, sino que tenderá a ecualizar de una u otra forma el sonido.

Por último también influyen factores psicológicos. El sonido de nuestra propia voz suena como “Yo”, mientras que el sonido de la voz grabada nos suena como “Yo fuera de mi cuerpo”, y eso no cabe duda de que es extraño. Un símil: todos estamos muy acostumbrados a vernos a diario en espejos, pero basta que nos fijemos en la reacción de muchos animales ante su reflejo en un espejo: tienen la misma sensación de “ese no soy yo” que nosotros cuando oímos nuestra voz grabada.