Edgar M. Villchur, el padre de la suspensión acústica

Hace unos días falleció Edgar M. Villchur a los 94 años de edad. Posiblemente no sea un nombre demasiado conocido, pero para los amantes del audio es un personaje de gran importancia, pues fue un gran innovador responsable, entre otras cosas, de que hoy en día podamos tener altavoces relativamente pequeños capaces de reproducir sonidos graves.

Nos remontamos a principios de los años 50. En esa época el mercado de la alta fidelidad doméstica estaba en pleno auge, con amplificadores capaces ya de reproducir perfectamente todo el rango dinámico de los LP. Sin embargo, los fabricantes de altavoces se encontraban con el problema de que si querían fabricar un altavoz capaz de reproducir sonidos graves, éste debía ser muy grande, más propio de un cine que del salón de una casa.

El problema de reproducir sonidos muy graves es que el volumen de aire que tiene que mover el cono del altavoz es muy grande. Por esta razón, estos altavoces encargados de reproducir sonidos graves (woofers) suelen ser muy grandes y son capaces de moverse hacia delante y hacia atrás bastante distancia. El problema es que a la vez que el altavoz se tiene que mover una gran distancia para reproducir el sonido, tiene que haber algún tipo de mecanismo capaz de devolverlo a su posición inicial una vez que el sonido haya cesado, y también de limitar su movimiento. El encargado de esto solía ser un anillo elástico alrededor del cono, que debía ser lo suficientemente rígido como para “soportar” el cono y devolverlo sin problemas a su posición central. Esta rigidez, no obstante, hacía que el cono no se pudiese mover tan libremente como sería deseable, lo que provocaba distorsiones en los sonidos graves.

En 1954 Villchur afrontó este problema desde una nueva perspectiva. Decidió sustituir el anillo elástico por uno mucho menos rígido, que permitía al altavoz moverse con mucha más libertad, y por tanto, tener el margen de movimientos que requieren los sonidos más graves. Para compensar esta disminución de la rigidez del anillo, que no tendría la fuerza suficiente como para devolver al cono a su posición central, decidió utilizar el aire de dentro de la caja. Mediante una serie de experimentos, Villchur se dio cuenta de que si la caja estaba sellada y se elegía cuidadosamente su tamaño, el aire de su interior proporcionaba la rigidez exacta para poder devolver al cono a su posición. El volumen de la caja debía ser reducido, para que el aire del interior se comportase como una suspensión lo suficientemente rígida como para sostener al cono.

Esta técnica, que se bautizó con el nombre de suspensión acústica, permitía por una parte reproducir sonidos graves con mucha menos distorsión que hasta el momento, y además utilizar cajas de tamaños más reducidos, lo que suponía una gran ventaja para el mercado doméstico. La principal pega es que los altavoces así construidos tenían mucha menos eficiencia que los clásicos, lo que quiere decir que el amplificador necesario para producir el mismo nivel de sonido tiene que tener más potencia. Hoy en día este tipo de altavoces está prácticamente en desuso, pero sus principios científicos siguen siendo válidos y se siguen teniendo en cuenta a la hora de diseñar un altavoz.

En el siguiente video, el propio Villchur comenta su invención y cómo funciona:

[youtube http://www.youtube.com/watch?v=g9mqO6PYAJ4]

Este no fue la única aportación de Villchur al mundo del audio. Otro problema en el que trabajó era el de los ruidos que aparecían en los primeros tocadiscos debidos a que  la aguja captaba las vibraciones producidas por el motor. La solución de Villchur fue separar el motor del disco y conectarlos por medio de una cinta de goma, lo cual reducía de forma muy significativa las vibraciones.

Villchur fundó la empresa Acoustic Research, que fue líder absoluto en ventas de altavoces en Estados Unidos en los años sesenta, con una cuota de mercado de hasta el 60%. En 1967 dejó la empresa y creó la fundación para la investigación en audífonos, en la que trabajó el resto de su vida.

(Imagen: oldtownman)

 

Julio Verne en Santiago de Compostela

Esta es una de esas historias mezcla de realidad y ficción a las que no me puedo resistir, y si además mezcla a un escritor como Julio Verne con Santiago de Compostela, mi ciudad natal, menos aún.

Pues bien, resulta que los organizadores de L’Extraordinaire Uchronie, un encuentro “steampunk, retrofuturista y neovictoriano” que se celebró en Santiago de Compostela el pasado 7 de mayo, afirman que Julio Verne podría haber visitado esta ciudad en 1884. Y como la definición de ucronía no es otra que una reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos, pues a ello que se han lanzado.

Sabemos que Julio Verne visitó por primera vez Galicia en 1878, cuando durante un viaje en su barco Saint Michel se refugió en el puerto de Vigo de un temporal. Esto no deja de tener su gracia, ya que así pudo conocer in situ la ría de Vigo que había descrito diez años antes en su novela “20.000 leguas de viaje submarino”. De esta visita, que apenas duró un día, existen crónicas en los periódicos de la época, ya que se ofreció una recepción en la ciudad en honor del escritor francés, que ya entonces disfrutaba de gran fama. Seis años después, en 1884, Verne volvió a Vigo para realizar reparaciones en su barco en los talleres del inventor Sanjurjo Badía. Esta vez su estancia duró toda una semana, y es la que permite desarrollar la leyenda.

La primera suposición es que durante este segundo viaje, Julio Verne aprovechó para realizar una breve visita a Santiago de Compostela, donde conoció a Manuel López Navalón, quien era en aquella época el director del Colegio Regional de Sordomudos y Ciegos del distrito de Santiago de Compostela. Navalón era además inventor de numerosos aparatos de ayuda para los ciegos, entre los que se encuentra el astronógrafo, que permitía ofrecer información en Braille y explicar a los invidentes la duración de los días y estaciones. Este encuentro no resulta descabellado, ya que además de compartir un gran interés por el estudio de la ceguera, sí que existe una breve reseña del mismo muchos años después, en un periódico de 1940. Además es bien sabido que Verne era un viajero incansable, y estaba bien al tanto de la actualidad política y científica de Europa.

Navalón y Verne volvieron a coincidir en 1900 en la Exposición Universal de París. Fue aquí cuando parece ser que Verne entregó a Navalón una copia del manuscrito de su novela “El soberbio Orinoco”, cuya primera edición en español, y esto también está probado, se imprimió precisamente en Santiago de Compostela, en la imprenta El porvenir, actual imprenta Paredes, en lugar de en Barcelona como era habitual.

Este mismo año es cuando Verne podría haber escrito un relato, que regaló a su amigo Navalón, de cómo se imaginaba la ciudad de Santiago en el año 2011. En este relato apócrifo, que lleva por título “La extraordinaria ciudad de las estrellas” (no debemos olvidar que el nombre de Compostela se atribuye muchas veces al término campus stellae, campo de estrellas), se describe una ciudad rodeada de una “vasta extensión de terreno verde dedicado al cultivo agrícola o silvícola” y en la que “la comunicación con el centro espiritual se hacía mediante un sistema radial de canales de porte acristalados”.

El relato completo, perdido, cómo no, hasta ahora en los archivos de la imprenta Paredes, se puede leer en esta página.

Da igual si las cosas sucedieron así, basta con que podrían haberlo hecho, y eso es más que suficiente para justificar el juego.

(Vía Microsiervos)

El padre español de los viajes en el tiempo

Cuando pensamos en viajes en el tiempo, a casi todos se nos viene a la cabeza el nombre de H.G. Wells, y en particular su novela “The Time Machine” editada en 1895. En ella, Wells relata las aventuras de un científico y su invento: una máquina capaz de viajar en el tiempo. La novela se detiene más bien poco en hablar de la máquina en sí y las posibles paradojas temporales, teniendo más una finalidad moralizadora.

Lo que no tantos saben es que el primer escritor en imaginar una máquina capaz de viajar en el tiempo no fue Wells, sino un español: Enrique Gaspar y Rimbau.

Gaspar, madrileño nacido en 1842, no tiene una gran obra dedicada al género de la ciencia-ficción (era más bien un escritor de teatro), pero en 1887 editó una novela, “El Anacronópete”, en la que describe una especie de nave capaz de viajar en el tiempo. En la novela, con formato de zarzuela y estructurada en tres actos, se habla de un científico español, Sindulfo García, que presenta en la exposición universal de París de 1878 una máquina, el anacronópete, capaz de viajar en el tiempo. El nombre del artilugio viene del griego “Aná”, que significa atrás, “Crono”, el tiempo y “Petes”, el que vuela. A lo largo de la historia, en la que no faltan aventuras, visitamos entre otros la batalla de Tetuán en 1860, la rendición de Granada en 1492, la China imperial del 220, o Pompeya en el 79, llegando incluso a los tiempos de Noé y al día de la creación.

Esta novela no es la primera en la que se habla de viajes en el tiempo, pero hasta entonces siempre se había hecho de forma vaga, sin entrar en los detalles de cómo se conseguía, achacándolo muchas veces a magia o sencillamente sueños. Gaspar es el primer autor en el mundo que utiliza, con mayor o menor éxito, la tecnología para explicar este tipo de viajes.

Resulta cuanto menos curioso que, mientras que la novela de H.G. Wells ha gozado de gran reconocimiento a nivel mundial, ésta cayó rápidamente en el olvido. De hecho sólo ha habido dos ediciones del libro: la primera de 1887 y otra de 2000 de Círculo de Lectores en la que se basó la de 2005 de Minotauro. No ha sido hasta este mismo año que se ha traducido al inglés. Gracias a Google Books se puede encontrar la primera edición que guardan en la Universidad de California en formato electrónico en la red.

El inventor de la máquina del tiempo, por tanto, es español y se llama Enrique Gaspar.

(Las imágenes están extraídas de las ilustraciones de la primera edición del libro)

El primer hombre en el espacio

El 12 de abril de 1961, hoy hace justo 50 años, Yuri Gagarin se convirtió en el primer hombre en viajar al espacio, a bordo de la nave Vostok 1. Durante poco más de hora y media realizó una órbita completa alrededor de la tierra, para terminar aterrizando en paracaídas, ya convertido en todo un símbolo nacional, en Siberia.

 

La banda sonora corre a cargo del Esbjörn Svensson Trio, y su homenaje en forma de disco: “From Gagarin’s point of view”.

La calculadora que salvó la vida de su inventor

Hace poco leí el libro “Pattern Recognition” de William Gibson, que en español se tradujo de forma inexplicable como “Mundo espejo”. El libro narra la historia de Cayce Pollard, una consultora con una sensibilidad especial para las imágenes corporativas. Cayce es contratada para investigar unos vídeos que alguien sube de forma anónima a la red en torno a los cuales se ha generado toda un fenómeno de culto. La novela habla de la necesidad que tenemos las personas de encontrar patrones de significado, y el riesgo que tiene el encontrar patrones en datos sin ningún sentido. La verdad es que es uno de los libros que más me ha gustado en los últimos años, por lo que recomiendo su lectura a todo el mundo.

A lo que vamos. En un momento dado, uno de los personajes del libro menciona la calculadora Curta, y se habla del mercado de coleccionistas que hay alrededor. Hasta ese momento nunca había oído esa palabra, así que inmediatamente busqué en la red si esa calculadora existe de verdad y en qué consiste, ya que me encantan este tipo de aparatos “retro-tecnológicos”.

Pues bien, sí que existe, y fue creada por Curt Herzstark, un austriaco que trabajaba como técnico en la empresa de su padre. En 1938, a la edad de 36 años, patentó la idea de una calculadora mecánica capaz de sumar, restar, multiplicar y dividir, pero Hitler se interpuso en su camino. La invasión alemana de Austria hizo que le fuese imposible empezar a producirla ya que su fábrica fue confiscada y dedicada la fabricación de instrumentos para el ejército.

En 1943, Curt fue detenido y trasladado a una prisión en Praga acusado de ayudar a los judíos. Poco después fue trasladado al campo de concentración de Buchenwald, lo que él mismo califica como “tener suerte”, dadas las condiciones de vida en la prisión anterior. De hecho, durante todo este periodo de tiempo su salud sufre un importante deterioro. La suerte cambió cuando se enteró de que el comandante del campo conocía el trabajo que había venido realizando con calculadoras, y le permitió seguir trabajando en su idea en un campo cercano más grande y con mejores condiciones de vida. El trato era que cuando tuviera la calculadora fabricada se la regalaría a Hitler para celebrar que habían ganado la guerra. Obviamente esto nunca se produjo, pero este hecho posiblemente salvó la vida de Curt Herzstark.

En 1945, tras haber sido liberado por los americanos, produjo los primeros prototipos de la calculadora, pero no fue hasta 1948 cuando se empezó a producir de forma industrial. Esta historia también es curiosa, ya que inicialmente la calculadora se iba a producir en Austria, pero el príncipe de Liechtenstein le ofreció construir su fábrica en su país, y así fue como se fundó la empresa Contina AG.

Se fabricaron dos modelos distintos de la calculadora Curta: el modelo I con 8x6x11 posiciones (8 dígitos de entrada, 6 para el contador de revolución y 11 para la salida), y el modelo II en 1954 con 11x8x15 posiciones. Hasta 1972, año en que se dejaron de fabricar, se produjeron unas 80.000 curtas modelo I y 60.000 modelo II.

Con un curioso parecido a un molinillo de pimienta, esta calculadora es considerada como una maravilla de la mecánica. No solo es capaz de realizar las cuatro operaciones aritméticas básicas, sino que es compacta (cabe en una sola mano) y puede proporcionar hasta 15 dígitos de precisión. Además es sencillo deshacer un error y no se puede borrar todo por error, ya que un anillo de protección lo impide.

Una curiosidad: el método utilizado para conseguir restar dos números, es el del complemento a 9. ¿Cómo funciona esto? Imaginemos que queremos restar 324.546 y 2.017. Lo que tenemos que hacer es calcular el complemento a 9 de 002.017, que no es más que restar 9 a cada uno de sus dígitos: 997.982. Ahora, hay que sumar los dos números: 324.546 + 997.982, y el resultado es 1.322.528. Para obtener el resultado final basta con eliminar el dígito de mayor orden (1) y sumar uno al resultado: 322.529. Y todo esto sin que el usuario tenga que saber qué es un complemento a 9 ni se dé cuenta de nada. El truco está en utilizar un juego doble de dientes en el tambor de la calculadora, uno para las sumas y otro para las restas. Las multiplicaciones y divisiones se hacen sencillamente repitiendo sumas y restas tantas veces como sea necesario, pero con un mecanismo de pasos que hace que las multiplicaciones de números grandes no lleven más de 10 ó 12 giros.

La verdad es que me encantaría tener un cacharro de estos, pero viendo que en ebay se cotizan a unos 900 euros me temo que me tendré que quedar con las ganas…

Más información: The CURTA Calculator Page

El Bolero de Ravel: ¿producto de una mente enferma?

El Bolero de Ravel es quizás una de las piezas de música más escuchadas de todos los tiempos. La obra consiste en una melodía que se repite una y otra vez in crescendo, y en la que van apareciendo y combinándose los distintos instrumentos de la orquesta: flauta, clarinete, fagot, etc.

Al parecer, según algunos estudios, Ravel escribió esta obra mientras sufría una enfermedad que le había dañado la parte izquierda de su cerebro, y que terminó privándole de toda capacidad escribir música y hablar.

De forma muy simplificada, podemos afirmar que la percepción del timbre (todo aquello que nos permite distinguir el sonido de un instrumento musical del de otro) se localiza principalmente en el hemisferio derecho del cerebro, mientras que la percepción del pitch (lo que nos permite reconocer las notas musicales tocadas por un instrumento), se localiza en el hemisferio izquierdo.

A pesar de tratarse de pieza musical compleja, tanto desde el punto de vista rítmico como armónico, sí que se puede ver como una primera muestra del desequilibro existente entre las dos partes de su cerebro debido a su enfermedad. Así, en esta obra el hemisferio derecho se sobrepone al debilitado hemisferio izquierdo en la forma de una enorme riqueza tímbrica, muy distinta a la que se puede encontrar en sus obras anteriores.